La noche, vencía al día, que derrotado se iba retirando cansado, lánguido y abatido. Sin prestar mucha atención a este repetitivo asunto, yacía en mi sofá, abandonado a la suerte de mis pensamientos, cuando ese último suspiro de día se vio reflejado sobre la estantería, inconscientemente dirigí la mirada hacia allí y lo vi.
Tan solo hizo falta ver su lomo para atraer a mi mente recuerdos que yo creí diluidos por el tiempo. Recuperé en un instante la dulce magia de la primera vez, por que al igual que ocurre con el sexo, con la lectura también se pierde la virginidad. La mía la recuerdo con especial cariño, ya que si es dulce perderla con un buen libro, más lo es si ese libro, es especial.
Recuerdo el momento en el que mi padre, con gesto orgulloso, me sentó junto a él y me lo puso en mis manos.
- Una persona tiene dos vidas, la suya y la de los libros.
Entonces no pude llegar a ver el alcance de esas palabras.
Me levante del sofá, y lo tome entre mis manos. Los libros envejecen de una forma extraña, el tiempo extiende sobre sus hojas una capa de añoranza, que les vuelve más amarillentos y ásperos, y adquieren ese bouquet de soledad con olor a tristeza.
Abatido, deje caer mi cuerpo sin ningún tipo de delicadeza sobre el sillón, el cual protestó con un molesto chirrido. Mis manos no se atrevían a abrirlo, sabían lo que pasaría si lo hacía. Mis ojos se fijaron en el dibujo de la portada. Todo estaba en el mismo sitio. El mismo dibujo de hace veinticinco años seguía allí.
El título de un libro, es como su nombre, hay algunos que desmerecen a su contenido y otros que ejercen de faro, avisando al viajero de que existe un peligro cercano a él.
El de mi libro, era de los segundos.
Posé mis manos sobre la tapa, haciendo desaparecer el eterno dibujo de la portada. No podía soportar más la mirada de aquel niño clavada en mis ojos, decidido a pasar de nuevo, una vez más, a la vida de los libros.
Si algo me llamó la atención desde el primer momento, fue que las palabras estaban incompletas, las frases no tenían sentido. La historia de mi libro se estaba muriendo. Entonces me dí cuenta, estaba muriendo de tristeza.
Los libros no envejecen cuando se tornan amarillos, ásperos y adquieren olor a recuerdo. Los libros mueren de soledad, de abandono. Sus historias, al igual que las nuestras, son borradas por el tiempo.
El solo pensamiento de que mi libro estaba muriendo desgarro mi corazón. Mis manos guiadas con destreza por mi mente asieron firmemente el libro y decidido, me lance de nuevo a su lectura.
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